18 noviembre, 2011

Hay días malos.

Filosofías baratas que uno aprende en programas novelescos de televisión, ni Shakespeare enseña tanto en sus fabulosos libros, ok, tal vez esté exagerando pero hay cosas muy creíbles, más que enamorarte perdidamente a los 13 años y suicidarte con el amor de tu vida, ¿verdad Julieta?

Domingo, había quedado de desayunar con alguien (sí, tu Gezeta ¬¬), desperté y eran las 10:25 am, prendí de inmediato el celular y ahí estaba el mensaje, de dónde y a qué hora nos veíamos. Respondí pero fue todo, no volví a saber de él, corrían los rumores que su "peda" lo había dejado en algún lugar desconocido.
El punto no es mi fallida salida a desayunar, sino que mi refrí estaba vacío y que tuve que hacer magia para comer algo mientras veía Grey's Anatomy.

Entre mordida al sángüich y beber de mi café, escuchaba la voz de Meredith narrando el episodio. La gente por cualquier cosa se hace creer que ha tenido un día terrible, el tráfico, el trabajo, la pareja, cualquier detalle es justificable para decir que el día fue un asco. Pero conforme pasaba el episodio, hay cosas realmente terribles, al menos a mi no se me ha muerto el marido, no me quitaron un hijo, no choqué, no me destrozó un perro la cara, etc.

Sin embargo, hay que ser dramático en la vida diaria. Demasiado optimismo también es un poco fastidioso y le quita ese lado negro a las cosas que da un equilibrio en nuestra vida. Y como toda mujer, me gusta ser dramática de vez en cuando. Así fue dos días después de ver ese episodio, uno nunca despierta y sabe que el día será un mal día.
Salir 5 minutos tarde hace una gran diferencia, el que las amigas no tengan nada que hacer en el trabajo y se la pasen escribiendo justo cuando yo me tengo que apurar y salir corriendo hace la diferencia y ni que decir de que se vaya la luz en el trabajo cuando tienes evento, por supuesto que hace la pinche diferencia.

A todo esto se le puede sumar una dosis de hormonas malignas que hacen ver todo un 50% peor y te ponga realmente de malas.
10:00 am, el día iba a ser un asco.

Era tarde, el celular no dejaba de vibrar y los autos no avanzaban, pensaba en la infinidad de trabajo que me esperaba, había tenido 3 semanas o tal vez menos para organizar y difundir dos malditas exposiciones, podría asegurar que no asistiría nadie. Entre pensar eso y ver por la ventana el mismo museo que me aseguraba que no estaba avanzando, me enojaba más y más. Cómo era posible que en un tramo donde usualmente me hago 10 minutos llevara 30 minutos parada en el mismo pinche lugar. Eso solo pasa en el DF.

Justo, cuando estaba a punto de explotar y solo pedía algo que me hiciera sentir bien, un pequeño placer para mejorar la mañana y relajar mi humor, algo pasó. Vi a alguien, especial por así decirlo, que por 2 segundos me hizo sonreír, supuse que después de todo el día no estaba tan mal. Claro, que después de vivir las 13 horas siguientes concluí que si, era un día del asco.

Entre trabajo atrasado, falta de luz y una exposición aburrida, me preguntaba qué podía ser peor. Salí a las 10:15 pm y esperaba en la parada el transporte que me llevaría a casa. 10, 20, 30 minutos pasaron y seguía ahí, la zona estaba muerta, ni un taxi pasaba y los de sitio, bueno, es Polanco. El frío me congelaba los pies, moría de hambre y comenzaba a dejar de sentir los dedos. Definitivo, este había sido un mal día.

Mientras llegué a casa y corrí a cubrirme de calcetas y pijamas para quitarme el frío, comí un tamal verde y bebía café. Me acordé del episodio, había sido un mal día pero no murió nadie, no me arrancaron la cara y mucho menos choqué. Después de todo, no había estado tan malo.