06 diciembre, 2011

Sueño Perfecto.

Tan solo debía pasar por un par de películas, sin embargo entrar en esa tienda es estar más de una hora recorriendo todo. Es un tanto idiota ya que sé todo lo que hay, he visto las mismas caratulas una y otra vez pero seguramente en cada nueva visita, una de ellas vendrá a casa.
Recuerdo que buscaba algunos títulos de terror para el acostumbrado maratón de flojera en casa de alguien, no entendía por qué siempre era yo quien las buscaba si siempre compraba las peores películas del mundo, aún así, yo seguía siendo la encargada de tan peligrosa misión.

Llevaba un par de títulos, no recuerdo exacto las palabras pero los coreanos ensangrentados de la portada me anunciaban el churro del año. Entre mi recorrido, siempre me detengo un rato en el área de cine de arte, estaba en mi búsqueda inútil de Un perro andaluz cuando agarré El Ángel Exterminador.
- Esa es una película genial, Buñuel puede revolver tus ideas y volverte un poco loco- dijo a mi lado una voz.
Antes de voltear solo contesté que los surrealistas usualmente hacían eso.

Miré el suelo, las botas negras me daban buena impresión, conforme fui alzando la mirada pude observar los tatuajes que cubrían sus brazos, esto seguramente era una pinche jugada del destino. Finalmente miré su rostro, sus ojos muy oscuros pero de color verde me observaban, como siempre esquivé la mirada.
Pregunté si era fan de Buñuel, dijo que era un cineasta muy bueno pero muy complicado, que prefería a David Lynch. Ahí supe que no todo era perfecto, además que estaba un poco confundido de su definición de complicado.

No solo lo pensé, lo dije como suele ser mi costumbre, el solo sonrío. Esperaba que se fuera, ignorándome,  pero seguía parado a mi lado, observé lo que sostenía en sus manos y no pude evitar reír. Al darse cuenta, se sonrojó un poco y comentó que buscaba un regalo para su sobrina.
- Ya me parecía que no tenías el tipo de ser fan de Crepúsculo- dije mientras caminaba por los pasillos. El me seguía.

Recorrimos todos los pasillos, criticamos y platicamos por más de una hora. Recordé que tenía que irme debido al maratón inútil de películas de terror. Le comenté que tenía prisa, que había sido un gusto conocerlo. Yo seguía idiotizada con su cabello largo debajo de una gorra vieja y sobre todo de la piel pintada, cuando me dio un papel con su teléfono.
Me sonrió y nos despedimos en la entrada. De repente, mientras caminaba hacía la calle me gritó para preguntarme mi nombre, le dije y el me dijo...

Alarma sonando, las malditas 7 de la mañana. Aún babeaba en la almohada cuando levanté mi antifaz y descubrí la triste realidad. Los sueños no deberían ser recordados, sin embargo, esa cara la había visto en algún lado. Pero había despertado con unas ganas enormes de comprar un par de películas de Buñuel.